Día 1: 09/01/26
Empieza El trip:
Desperté en lo de Andrea a las 5:05 am. Me di una ducha mientras ella seguía durmiendo, me cambié y tomé un café, junté mis provisiones y acaricié a su gato. Miré el celular a las 5:45 am: mensaje de Sergio, el taxista que me llevaría a la terminal de Encarnación. Andrea bajó conmigo, medio dormidos, nos besamos y nos despedimos.
Unas cuadras más adelante me doy cuenta de que me olvidé los refrigerios para lo que serían 7  horas en colectivo de Encarnación a Asunción. Andrea me llama y me dice lo que ya sabía: “ya fue, estamos de camino, gracias bb”.
Pasamos a buscar mis cosas en mi negocio, Imprime Deseo Museo, que nos quedaba de paso rumbo al puente.Cruzamos la frontera muy rápido. Grabé y subí un video del amanecer sobre el río Paraná a las 6:07 am.
En pocos minutos llegamos a la terminal. Otro paisaje, otra idiosincrasia, otro tipo de personas, otros olores y sonidos. Tan cerca de casa, y tan diferente. Mi papá me decía que le parecía extraño que los posadeños no tuviésemos amigos paraguayos.
Compré agua en un negocio; el señor, muy afectuoso y amable, me deseó éxito al contarle que viajaba a Bolivia a estudiar: “¡Se cuida, joven, muchos éxitos!”. Lo tomé como un buen augurio. Compré chipa y esperé el colectivo de la empresa Río Paraguay.
A las 7  am partimos hacia Asunción. La noche anterior sentí síntomas gripales leves: dolor de cabeza, lumbar y cansancio en las piernas. Tomé Cura Plus, que me dio Andrea, y dormí muy bien. La mitad del viaje transcurrió entre siestas intermitentes y despertares; estaba realmente cansado. Todo lo previo al viaje había sido intenso, y los síntomas eran una alerta: debía administrar mi energía y no seguir sobrecargando el cuerpo.
La señora de al lado miraba TikTok a todo volumen. Al principio fingí demencia y, al mismo tiempo, tuve malos pensamientos hacia ella por su falta de consideración. En un momento le pedí: “Señora, ¿podría bajar el volumen o usar audífonos?” Reaccionó rápido y sin mediar palabra más.
La dinámica del viaje fue la misma: cansancio, siestas intermitentes y, cerca del mediodía, ya sin sueño. Más cerca de Asunción, los sonidos de los diferentes reels de TikTok llenaban el colectivo. Pensaba que nadie parecía leer libros pensaba en la situación como un subproducto de la ignorancia de nuestros países latinoamericanos; pero si me juzgaba por eso, quizás era yo quien estaba equivocado: gran parte de estas personas habla dos o tres idiomas el inculto soy yo que apenas hablo uno.
Llegué a Asunción en plena tormenta. Una gran nube gris cubría toda la ciudad; el clima era feo y extraño. En la terminal pedí un Bolt, la app de taxis más usada del país. Al instante llegó Héctor. Copié y pegué la dirección de mi alojamiento de Airbnb. El viaje costaría 28 mil guaraníes.
El primer intento de llegar falló: la dirección estaba mal y el anfitrión no respondía. Finalmente ubicamos el lugar, a 3 km, y Héctor me mostró una casa bastante grande: “Es de Pinino Cuevas, ex jugador de River; también me contó que de argentina le gusta Independiente porque antes jugaba con el Colorado Gamarra”.
Llegamos a Capitán Bado c/Alberto Sabin, Fernando de la Mora. Le pagué la diferencia a Héctor: el viaje terminó costando 38 mil guaraníes. Me respondió: “Tranquilo”.
Saqué la llave de una pequeña caja de seguridad con clave —como la característica de Córdoba, 0351— e ingresé a mi hospedaje. Sencillo, pero con todo lo necesario. Siempre que entro a un hospedaje, al principio no me gusta: olor, falta de higiene… Este estaba limpio, aunque olía extraño.
Me tiré en la cama, extenuado. La lumbar dolía mucho; pensaba de dónde sacaría fuerzas para ir al Museo del Barro y visitar a mi amigo Pablo. Gran parte de la tarde estuve perturbado por esto, aunque dormí unos 40 minutos tras tomarme medio Cura Plus. Al levantarme, la lumbar y las piernas dolían menos.
Fui a un supermercado “Guaraní”: compré frutas, jamón, queso, pan, aceitunas, jabón de coco y dos aguas de 2 litros. Pagué 74 mil guaraníes.
Tomé mate, que necesitaba. Revisé mis síntomas con ChatGPT, que confirmó mis sensaciones: sobrecarga física real por el viaje, escaleras, cargas de peso, cansancio acumulado. El estado gripal ya no estaba: era agotamiento muscular y nervioso.
Decidí no ir a ver a mi amigo hoy. Le escribí a Pablo explicándole que estaba extenuado y que nos veríamos cuando regresara por Asunción el 10 de febrero.
Hice una meditación de 30  minutos tipo Shamatha, intentando enfocarme solo en la respiración. No logré concentrarme del todo, pero cumplí el tiempo y me sentí más tranquilo. Tomé unos mates más, me bañé con el jabón de coco y me relajé.
A las 20:30 hice otra sesión de meditación, combinando Shamatha y algo de Vipassana: en la primera me concentro en la respiración; en la segunda, reflexiono intuitivamente sobre la naturaleza última de la realidad.
Ordené mi bolso para mañana: a las 10  am debo dejar el hospedaje y me voy directo al aeropuerto. Preparé unos sándwiches y frutas, lavadas previamente con detergente.
Hoy me sentí extraño, pero presente. Cada pensamiento oscuro lo observaba pasar, recordándome: “Esto va a pasar, yo no soy esto, todo cambia en la vida, ya me voy a sentir mejor”. Estoy abierto a lo que pueda suceder. Mañana me espera un día de volar sobre el cielo y aterrizar en El Alto.
 10/01/26: Asunción / Santa Cruz / La Paz:
Me despierto muy temprano. Los síntomas “gripales” o de estrés desaparecieron casi por completo. Mi cuerpo necesitaba recuperarse. A la madrugada tuve unos sueños fuertes.
Soñé con mi viejo. Mi papá murió en abril del año 2025. Nos encontrábamos en un departamento en alguna ciudad. El lugar era nuevo. Yo estaba cocinando una pizza y una pasta frola. Él aparece y me dice que iba a ir al centro a comprarme no sé qué. Yo lo abrazo fuerte. A él siempre le costó demostrar afecto, se ponía incómodo, como un gato arisco. En el sueño tendía a hacer lo mismo, yo lo agarraba fuerte. Él también me abrazó. Nos emocionamos. Sentía el calor de su cuerpo, su corazón y su olor, que jamás olvidaré.
Desperté de madrugada llorando. Un desahogo importante. Es como que el cuerpo se autorregula. Yo no me doy cuenta en la vigilia de cuánto lo extraño, pero el proceso sigue su curso en lo inconsciente. Pensaba en esto. Menos mal que casi todos nuestros procesos son autónomos: por ejemplo, nos lastimamos y el cuerpo solo hace el trabajo de reestructurarse. Sería una tarea descomunal para cada conciencia ocuparse de su propia neguentropía.
También soñé con un amigo. Observábamos a un chamán guaraní haciendo, en la palma de su mano, un pequeño fuego que alimentaba delicadamente con su aliento. Algo muy sutil, que transmitía calma y belleza. Nos reíamos con mi amigo al darnos cuenta de lo toscos que éramos nosotros dos en comparación con ese gesto del sabio.
Me desperté e hice una meditación de media hora. Me daba cuenta de que todos los dolores eran producto del estrés previo del viaje, y también de que me dan miedo los aviones. Procedí a meditar para amansar el río de mi conciencia y viajar enfocado y equilibrado. Mi intención era observar el miedo, respirar el néctar infinito del espacio vacío que contiene y genera todas las formas, y exhalar el temor, la cobardía y los pensamientos negativos.
Pensaba: trabajé tanto para este viaje, está todo bien, y sin embargo aparece esta preocupación absurda que ensombrece mi espíritu. No quiero que se vaya: elijo estar lleno de valor, alegría y presencia.
Me bañé, tomé unos mates, comí unas frutas y terminé de preparar mis valijas. Le escribí a mi anfitrión de Airbnb para preguntarle si me podía quedar una hora más, hasta las 11 am, ya que mi vuelo salía a las 15 hs. Me dijo que sí, así que usé ese tiempo para hacer otra meditación y seguir aclarando la mente.
Llegó la hora de salir. Pido un Bolt, que es como el Uber en Paraguay, o sea, la app más usada. Al salir me encuentro con los padres de Iván, el anfitrión: una pareja de ancianos muy amables, atentos y amorosos, también parte del negocio familiar de los departamentos Santa Teresita II, en Capitán Bado, cerca de Asunción. Me despedí de ellos interpretando ese breve encuentro como un buen augurio de la realidad.
Me voy en taxi. El cielo se caía: paredes de agua, gris absoluto. Un sentimiento neutro. No sentía ni miedo ni alegría. Simplemente iba en el asiento de atrás hacia el aeropuerto.
A las 15:45 sale el vuelo a Santa Cruz. Empieza a aclararse el cielo. Fue un vuelo tranquilo, pude leer. Leí todo el viaje un libro de Martín Rejtman que me regaló Andrea: Cuarto sucio, ubicación peligrosa. Un libro que habla de sus estadías en hoteles alrededor del mundo, en un tono ácido, un poco cínico y apático. No sucede gran cosa, y creo que eso es lo valioso de su trabajo, tanto en cine como en literatura: hace de lo naíf algo casi interesante. Es como el camino del medio budista, algo muy parecido a la imparcialidad, que no genera ni simpatía ni apatía.
Pensaba: hay gente que vuela 24 horas arriba de un avión y yo me quedo como un gato tieso por 2 horas y 40 minutos de viaje. En fin, el despegue del avión es algo muy particular. Los rostros de las personas siempre me impresionan: una concentración absoluta en que algo importante y surreal está pasando. Estamos moviéndonos a velocidades supersónicas en un bicho de miles de kilos sobre el cielo, sobre el espacio vacío, y si algo sale mal no la contamos.
A eso de las 20:30 estoy en La Paz. Todo bien. El vuelo de Santa Cruz a El Alto fue más intenso todavía, pero más breve. Se ve que el comandante apuró la turbina, así que el aterrizaje fue más duro. Pero bueno, fue un vuelo tranquilo dentro de todo.
Llego a la ciudad y pido un InDrive, que es la app de taxis que se usa acá. Llega Julián, en un Corsa destartalado color verde, que olía a destilado de petróleo, muy diferente al olor de la nafta en Argentina. Muy amable Julián. Fuimos hablando de la ciudad. Me dijo que cambió mucho desde 2019 hasta acá, que ahora hay problemas con el nuevo presidente, Rodrigo Paz Pereira. Los problemas de siempre: la entrega de los recursos naturales por decreto a corporaciones. La gente está en contra y estuvo cortando las calles de la ciudad. Según él, la cosa iba a empeorar.
Pasamos por la zona de El Alto: vida, luces, oscuridades, borrachos, prostitutas, casas de deportes, ferias, todo junto, a eso de las 21 hs. Es increíble esta ciudad. Bajando de El Alto, una vista imponente de La Paz: las luces doradas derramadas por toda la geografía nocturna imponente y misteriosa.
Llegamos a Sopocachi, calle Ecuador y Rosendo Gutiérrez. Barrio coqueto onda Palermo en Buenos Aires. Piso 16, buena vista. Deje mis cosas y baje rápido a buscar un lugar para comer no encontre nada, termine comprando comida chatarra, pepsi y agua. Me bañé y cené. La comida, la altura y el soroche me subieron la presión y me dolían la cabeza y los ojos. No descansé bien. Usaré el domingo para adaptarme a los 4.000 y pico de metros sobre el nivel del mar.

 12/01/26
Manifestación - Cambio de divisas en la plaza del estudiante, llovía:

Me levanté más tranquilo, de mejor semblante. Igual estuve algo débil. No me gustaba mi rostro: apagado, desencajado. Será la altura, la suma de emociones y sensaciones nuevas. La noche anterior caminaba solo por Sopocachi buscando algo para comer. Estoy aprovechando la gran variedad de granos y alimentos que hay en Bolivia para experimentar otra forma de alimentación. Desde que estoy acá no comí nada de carne. Lo cierto es que al tocarme el cuerpo me siento más delgado.
Estos días me sentía viejo. Me miré excesivamente en el espejo. Me molesta estar tan pendiente de mi apariencia. Me cuesta aceptar que estoy envejeciendo. El mundo de hoy está diseñado solamente para ser joven. Ser viejo —o mejor dicho, envejecer— en estos días es algo muy jodido. No por el hecho en sí, sino por la relación que tenemos con ese hecho, del mismo modo que con los objetos y nuestro apego a ellos.
En fin, por todos los medios investigo, imagino, idealizo formas de envejecer y a la vez ser una persona plena y feliz. Pero todavía no encuentro la manera. Veo pocos ejemplos, o casi ninguno, de personas ancianas realmente plenas. El narcisismo es una porquería: mirarse todo el tiempo el ombligo y el rostro es una cagada. Me gustaría ser más seguro de mi apariencia y de mí mismo. No estar tan pendiente. Enfocar mejor la energía, como corresponde, sin obsesionarse.
Hoy me levanté, medité casi una hora, tomé un mate, tuve una videollamada, desayuné fuerte y salí en búsqueda de casas de cambio o cambistas. Precisaba cambiar dólares a pesos bolivianos. Le pregunté a ChatGPT, pero me daba información imprecisa: un dólar a 7,60 / 8 pesos bolivianos. No me estaba asistiendo bien, necesitaba un mejor cambio.
Bajé a la recepción del edificio donde estoy parando y hablé con el encargado. Me dijo que no cambie en bancos, que vaya a la Plaza del Estudiante, que ahí estaban los cambistas y era seguro. Fui caminando, queda cerca de donde estoy. Pregunté en una casa Kodak que también cambiaba dinero y me daban 9,50 por dólar. Sonreí por dentro. Igual no cambié. Seguí preguntando y en otro lugar me daban 9,90. Pensé: si en estas casas cambian así, los cambistas de la plaza deben dar mejor todavía.
Seguí caminando. Se largó a llover y la avenida Arumalla estaba cortada por una manifestación. El pasado 10 de enero, sindicalistas bolivianos mantenían bloqueos en más de 50 puntos de las rutas del país, luego de que la Central Obrera Boliviana (COB) rompiera el diálogo con el gobierno de Rodrigo Paz. Las protestas contra la eliminación del subsidio a los combustibles amenazaban con convertirse en una “revolución nacional” si el gobierno no daba marcha atrás.
En la calle, pequeños grupos de personas hablando de política, unidos, exigiendo derechos. Eso me causó una impresión muy favorable respecto a la conciencia política de algunos ciudadanos de este país.
Gente trabajando, comerciando en la calle. Sonidos, gritos, voces, música, cohetes, automóviles. Un caos organizado. Un país muy singular y diverso, lleno de cultura por todos lados. Me impresiona.
Desde que estoy acá pienso bastante en el concepto de ser una persona culta. Qué significa realmente. En Paraguay también me lo cuestionaba. A veces siento que tengo una imagen sobrevalorada de mí mismo y de lo que sé. Quizás porque leí cosas. Pero una cosa es saber algo por haberlo leído en un libro, cómodo en casa, y otra muy distinta es la realidad de las personas que trabajan, que viven y experimentan la vida de manera directa, no a través de una representación como un libro, un video o algo así.
Me siento algo snob al hablar con personas bolivianas o paraguayas. Sin romantizar nada, lo que intento decir es que mucha de esta gente es culta en el sentido de conocer su propia historia, su tradición, y de vivir intensamente el presente. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero compararme con ellos me sirve para cuestionar la distorsión que yo mismo hago de la realidad.
Desde que estoy acá me pregunto: ¿qué vine a hacer tan lejos?, ¿por qué no me quedé en mi casa? Como decía Lao Tsé: “¿Ves esa aldea allá a lo lejos? No vayas: es igual a esta”. En fin, creo que necesitaba alejarme de mi casa, de mis seres amados, soltarlos, exponerme a estar por momentos completamente solo. También siento que vine a procesar la muerte de mi padre. Aprovechar este tiempo para seguir indagando en quién y qué soy. Conocerme más. Y espero también trascender mi propio yo: dejar de estar tan ensimismado en mi vida y reflexionar sobre la tarea que vine a hacer en esta realidad y cómo puedo ayudar a los demás.
13/01/26 - Encuentro con un Yatiri x 20 bolivianos:

Me levanté un poco antes de las 9 am. Estoy descansando bastante bien. Cuando me agarra culpa por dormir más de lo usual, me digo a mí mismo: no solo viniste a estudiar a La Paz, también viniste a descansar después de tantos años de autoexplotación. Ahora tranquilo, Patricio, nadie te corre. Lo digo un poco en chiste, pero es verdad: durante mucho tiempo fui demasiado exigente conmigo mismo, incluso cruel.
La noche anterior sacié mi antojo de pastas. Encontré un pequeño restaurante italiano. Desde que llegué tengo ganas de comer comida italiana. En el supermercado no encuentro ravioles, solo fideos. Los ravioles que pedí eran de verduras, con salsa de hongos y pesto. No estaban mal. Lo único malo es que hoy me levanté bastante descompuesto. Supongo que mi cuerpo se está acostumbrando tanto a la comida como al agua. Aunque no tomo agua de la canilla, lavo verduras, compro pan y otros alimentos que vienen con microorganismos que, para mi cuerpo, al ser de otro país, son extraños.
Medité casi una hora seguida. Mi práctica también está más relajada. A veces solo observo el flujo de mis pensamientos, que por lo general están relacionados con la rutina del día, y los dejo ser: que se desarrollen, crezcan y desaparezcan, como todo en este universo mental.
Por la tarde fui a visitar el turístico Mercado de las Brujas, ubicado a unos 30 minutos caminando desde donde estoy. Ayer me sentía extraño. No estaba contento, tampoco triste. Últimamente estoy en un estado de neutralidad. Es como si fuera un espectador de mí mismo: de mis sentimientos y de mis actos.
Nunca estuve tan lejos ni tan solo. Mientras caminaba no sentía nostalgia ni la necesidad de estar acompañado. No estoy desesperado ni sediento de experiencias. Estos últimos meses fueron de mucho aprendizaje. Crecí bastante. Aprendí a separarme de mis emociones. Aunque siguen ocurriendo dentro de mí, muchas de las cosas que antes me sumergían anímicamente ahora las veo de manera impersonal. Como diciendo: “yo no soy esto”. Este sentimiento —sea bueno o malo— sucede en un momento determinado y luego cambia.
Caminé por el Mercado de las Brujas de La Paz, que recibe su nombre por la fuerte presencia de la tradición andina. En los puestos se puede encontrar hierbas, amuletos, alasitas, fetos de llama secos y otros insumos que usan los yatiris/sabios y guías espirituales aymaras para realizar trabajos y limpias energéticas.
Mientras caminaba pensaba que cada vez está más turístico y va a ser peor. Todo me parecía medio trucho, como hecho en China: cero artesanal, todo en serie. No vi nada que realmente me conmoviera, salvo algunos adornos de plata, más despojados, que contrastaban con la saturación y el exceso visual de los puestos.
Veía también a los jóvenes extranjeros y pensaba en cuando yo tenía esa edad y andaba de mochilero buscando “experiencias reales”, siendo bastante iluso, creyendo que estaba involucrado en algo profundo cuando en realidad no lo estaba. No me dió nostalgia. Pensé: qué vacío que es todo esto. No me parecía divertido. Todo me resulta insustancial. Estos chicos no van a encontrar nada, salvo una buena resaca al día siguiente.
Seguí caminando hasta llegar a la Iglesia de San Francisco, uno de los íconos coloniales de la ciudad. Su construcción comenzó en el siglo XVI y se terminó en el XVIII. Combina estilos barroco mestizo, fusión de tradiciones españolas y aymaras. La fachada es extremadamente ornamentada; en el interior  altares dorados, la iglesia es lúgubre e imponente, claramente diseñado para imponer miedo a sus visitantes. No se pueden sacar fotos adentro: hay policías y carteles que lo prohíben.
Salí de la iglesia y continué mi paseo. Me encontré con un yatiri que estaba debajo de una especie de carpa. Hablé con él. Me cobraba 20 bolivianos por leerme las hojas de coca. Dudé. Pensé: esto también debe ser una truchada. Este hombre se está ganando la vida acá, probablemente tampoco le guste estar sentado observando el voyeurismo y la lujuria de los turistas.
Ya fue. Me senté con él y le di los 20. Los colocó debajo de una pequeña estatua de Cristo. Sacó cuatro hojas de coca. La primera era para la suerte, la segunda para la salud, la tercera para el trabajo y la cuarta para el amor. Me preguntó qué era lo que más me interesaba. El amor, le dije, porque sin eso no funciona el resto. Sonrió y respondió: primero la suerte, después la salud, luego el trabajo. Si todo eso está bien, hay amor; si no, no funciona.
Comenzó el ritual. Iba tirando hojas y observando cómo caían sobre las cuatro que había dispuesto. Me dijo: tu suerte está bien. Tu salud está bien, estás un poco estresado nada más. El trabajo va a ir bien, va a haber plata este año. Lo que no va a ir bien es el amor. Estabas con alguien y te separaste. Ahora vas a estar con otra persona y también te vas a separar.
 -Que bajón! Le dije, riéndome incrédulo, que ahora estaba con alguien y que no me quería separar porque estaba bien. Igual te vas a separar, me respondió, porque no tenés suerte en el amor. Eso te estresa. Para vos es mejor estar solo y, a veces, estar con alguien. Así no te estresás.
Le agradecí. Lo miré a los ojos, le di la mano y me fui caminando de regreso a mi departamento.
Más tarde leí esto sobre el ritual: la lectura de la coca proviene de antiguas culturas andinas, como los tiwanakotas y los incas, que ya utilizaban la hoja de coca para conectarse con la Pachamama y los espíritus. Hoy, el yatiri interpreta las hojas sobre un paño para dar consejos sobre salud, trabajo o decisiones importantes.
En la tradición andina se cree que algunos futuros yatiris reciben un llamado especial de los espíritus. A veces este llamado se manifiesta de forma extrema, como sobrevivir a la caída de un rayo, lo que se interpreta como una elección divina. A partir de ahí, la persona inicia su camino espiritual hasta convertirse en yatiri.
15/01/25 -Diego -  LA cafetería en Sopocachi - Alison Spedding - Look antropológico cool cosmopolita cocalero:
Conocí a un artista llamado Diego, que lleva adelante un proyecto llamado Pium Pium Taller. Había visto sus afiches en xilografía mientras caminaba por La Paz y lo contacté por Instagram, porque vi que estos días iba a dar un taller de grabado justo en Sopocachi, a dos cuadras de donde estoy parando.
Hoy volví a entrenar. Me miraba al espejo y sentía que a mi rostro y a mi cuerpo les faltaba energía, sangre circulando. Me notaba un poco deprimido; lo sentía en el cuerpo y en cómo me quedaba la ropa. Necesitaba sentir un poco la adrenalina del deporte hasta el día de la fecha me estuve cuidando. Busqué en Google alguna plaza para hacer calistenia y encontré que a pocas cuadras está la Plaza España.
Fui caminando e hice algunas series de barras. Después subí a una hermosa plaza elevada al lado, Isabel la Católica, sobre un montículo que funciona como mirador desde donde se ve parte de la ciudad. Me dio la impresión de que ese lugar antiguamente pudo haber sido una waka, un sitio sagrado andino donde se hacían ofrendas y demás.
Troté casi 30 minutos, regulando el aire y sintiendo el cuerpo y el corazón. Estuvo bien, me sentí como si hubiera recuperado algo importante para mi bienestar: la energía que me da el deporte. Correr siempre me saca de lugares feos; esa adrenalina funciona como un antidepresivo natural.
Después tomé un mate en mi depto y busqué un café o cervecería que conocía de 2019, pero no recordaba el nombre. Google y ChatGPT me daban cualquier cosa. Quería tomar una cerveza artesanal buena, fuerte y con cuerpo; la Paceña no está mal, pero parece soda: le falta cuerpo y tiene demasiado gas.
Decidí salir a caminar para encontrarlo por mis propios medios. A los pocos minutos lo encontré: Typica Café, en la misma cuadra que la Embajada de Paraguay. Una casa antigua estilo colonial, muy linda. Entré y estaba aún mejor que antes; también había una tienda de vinilos. El dueño me atendió muy amablemente y me recomendó a la artista boliviana Luzmila Carpio. El lugar había sido premiado en un ranking de los mejores cafés del mundo, pero yo seguía con ganas de una IPA.
Chateé con Diego y me dijo que estaba en Pasaje Medinacelli, pague la cuenta de 35 bolivianos algo asi como 3.5 dólares. Salí a buscar el pasaje que quedaba  prácticamente frente a mi departamento. La calle está adoquinada, cerrada, muy linda, con bares y lugares culturales. Diego estaba feriando en el piso, vendiendo sus xilografías y fanzines.
Hablamos de la movida cultural de La Paz. Me dijo que es pequeña, que todos se conocen y que si voy al teatro o a un concierto me voy a dar cuenta. Le pregunté sobre lugares para exponer; me contó que su amiga tiene un café, Hiebra Brava, donde suelen hacer muestras. Le comenté que había escrito a la librería-editorial Plural, pegada a mi edificio, pero que no me dieron bola.
Me habló también de Alison Spedding, antropóloga inglesa que lleva años viviendo en Bolivia, estudiando la coca desde adentro y trabajando con las comunidades cocaleras; además, es escritora de ficción, Dias después estuve viendo sus libros y parece que es buena seguro me lleve algunos para Argentina. Mencionó a María Galindo, activista y cofundadora de Mujeres Creando  y a Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga que ha investigado las luchas indígenas, la coca y el pensamiento descolonial. Diego comentó que entre ellas hubo conflictos y que no pueden trabajar juntas. Yo le conte que el lunes 19 de enero empiezo un curso de sociologia de la imagen con ella en el tambo.
También me contó que su intención era recorrer el Pacífico, pero que lleva años en La Paz. Se lastimó una pierna y se puso de novio; de algún modo, la ciudad lo atrapó. La Paz tiene algo misterioso y magnético. Me pasa que entro a iglesias, veo la fecha de su fundación, sus puertas medievales, y siento la intensidad con que la gente vive el presente, de un modo muy distinto a Argentina.
En cuanto a los extranjeros, mi impresión es que el magnetismo de la ciudad viene de su historia y de cómo muchas formas de la época colonial siguen vivas. Hay un look muy particular de los turistas: onda “explorador internacional”. Los visitantes parecen estar metidos en investigaciones antropológicas o algo así, pero la mayoría solo viene a emborracharse. Andan vestidos con camperas térmicas, zapatos de trekking para subir una montaña, los pelos sucios y las mejillas quemadas. 
Uno viene a descubrir algo. Nosotros, los latinoamericanos, quizá nuestros orígenes indígenas; los europeos, la sensación de un poder espiritual que sus sociedades reemplazaron por la ciencia, el progreso y la técnica, y que no logran recuperar ni con la diferencia cambiaria ,ni con lo barato que les resulta darse la gran vida en nuestros impredecibles países.
 16/01/26-Una Semana:
Hoy se cumple una semana desde que empezó el trip. Estoy acá, presente dentro de mí, como siempre, aunque la mente viaje adelante, atrás, arriba, abajo, en todas las direcciones, que es siempre la misma. “Tu casa está con vos siempre”, me dijo mi amigo. La llevás a donde vayas, y es tu cuerpo. Hoy no pienso en quién fui ni en quién voy a ser.
Otro nivel de conciencia, quizás. Madurar e irse lejos de casa y de los afectos. Medirse en la intemperie, ampliando el espectro de lo posible, de lo que se puede hacer en una vida que, a escala cósmica, no significa nada. Es una vida más para cada uno de nosotros. ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Cómo no caer en el nihilismo? ¿Y cómo ayudamos a los demás?
Ambiente cosmopolita, cool, antropología, anarquista, cocalero… porque no creo en ninguna filosofía política salvo el peronismo. A veces me siento involucionado por no ser sensible al cambio climático.
Estoy solo. Solo. Solo. .Tampoco es tan grave; estoy en un gran lugar.
Siempre quise tener todo este tiempo para experimentar la soledad. En mi casa probablemente también estaría solo, buscando a alguien, escribiéndole. Siempre buscamos a alguien.
¿Cuál es mi aporte? ¿Para qué todo esto? ¿Qué tengo que aprender? Mucho. Probablemente a no distraerme con mis apegos y tendencias, a orientar mi vida de una manera más sana, sin caer tanto en reiteraciones neuróticas ni cometer los mismos errores de siempre.
Encontrar el sentido. Poder ayudar. Digo mucho esto últimamente. Probablemente sea bueno motivando a los demás. Bueno, soy docente, de hecho.
El tiempo pasa volando. Ahora no me siento muy entusiasmado, y probablemente cuando se acerque el día del retorno me quede sabor a poco, nostalgia. En fin, humanos.
Todo es aprendizaje, profundo, significativo. Todo está vivo, está sucediendo, estamos acá. Todo cambia a cada instante.
Todo este tiempo sirve para reflexionar. Más allá de la tristeza, poder dimensionar todo el esfuerzo, la planificación y el trabajo que implicó venir hasta acá. Hoy está sucediendo. Encontrar el mejor estado de ánimo para afrontar los días, para disfrutarlos.
Anarquismo. No sé mucho sobre el tema. ¿Existe tal cosa? Todo es una especie de juego de preferencias. Pero más allá de todo, siempre terminamos legitimando de una u otra manera el sistema vigente, directa o indirectamente.
Ilusoriamente real, eso es lo que hace complejo al mundo, a la experiencia. Todo es una fantasía, y cuando las condiciones se dan, la realidad se integra, se hace carne, se convierte en experiencia.
Buscamos ser felices. Buscamos que nuestras vidas tengan sentido. Buscamos amor, que alguien nos quiera.
¿Qué sería el poder? El poder es que la realidad se alinee a nuestros deseos. Rara vez sucede. Diseñar nuestra vida sin romperle los huevos al de al lado.
¿Qué sería madurar? Ser dueño de nuestros actos, de nuestras decisiones.
Siempre soñé con esto que está sucediendo. Hoy, a mis 38 años, = 3 + 8 = 11.
Siempre me sentí especial. Siempre quise ganarle a los demás; ese fue mi karma. Por eso me alejo, para sentirme diferente. En el fondo creo que soy mejor que el resto, y eso es una idiotez.
Ser parte de lo que estoy viviendo. Anímate, estás bien, relajate. Paciencia.
Buscar la plenitud del ser. No hay nada que demostrar. El arte es para uno.
 17/01/26 - Desarraigo en La Flaviada:
Me levanté temprano para asistir a un taller de grabado a unas cuadras de casa. La noche anterior tuve el presentimiento de que no iba a salir. De igual manera me acosté temprano para levantarme con todas las luces; me costó dormirme, la noche del viernes había mucho quilombo en el barrio, un ambiente de joda ruidoso en Sopocachi. Hice fuerza y dormí.
Con respecto al presentimiento, a veces tengo pactado un evento y cuando pienso en ello siento que “no la veo”. De igual manera, hay cierta obstinación dentro mío y me preparo para el acontecimiento. En cuanto al taller, la noche anterior como que no lo veía: por más que habíamos pactado con mi profe Diego, quien daría el taller, sentía que no iba a salir. Cuando intentaba visualizar escenas de cómo sería, no “veía nada”.
En fin, a veces me pasa esto. Creo que cuando vuelva a suceder no debería estresarme por el hecho de que las cosas no salgan como espero.
Me levanté ese sábado y el tiempo estaba horrible. Diego me mandó un mensaje: estaba en El Alto y le iba a ser difícil bajar con todos los materiales por el granizo y el clima. Me preguntó si estaba de acuerdo en pasarlo para el domingo por la mañana. Le dije que sí, medio cortante; me doy cuenta de que soy un poco estructurado y me molesta cuando la gente no cumple su palabra o es impuntual. Me puse medio intolerante, pero hice el ejercicio de adaptarme.
Todo el día estuve medio bajo. Extrañaba mi casa y mi país. Extrañaba a mi gente. He cambiado bastante mi forma de ser; ahora soy más paciente. Antes, hubiese buscado desesperadamente algo que hacer; ahora realmente le doy lugar a que las cosas sean como son, más que antes, digamos. Quería ir al taller también porque sentía la necesidad de interactuar con alguien. Desde que estoy acá he estado solo.
Por la tarde me fui al Centro Cultural La Flaviada. Las Flaviadas son sesiones semanales de escucha musical, gratuitas y abiertas, que comenzaron en La Paz por Flavio Machicado Viscarra en la década de 1916. Su objetivo era difundir la música clásica y universal; con casi 100 años de historia, se han convertido en un lugar muy particular y casi centenario de la cultura paceña. Llegué y me atendió el dueño de la casa, Eduardo Machicado Saravia, hijo de Flavio, un hombre de casi 90 años, que me recibió muy amablemente.
Recorrí un poco la casa: ya había personas sentadas, la colección de discos, algunos cuadros kitsch de las pirámides de Egipto, el símbolo de Om, estatuas de Beethoven y Mozart, y un mural muy lindo arriba de la chimenea, estilo impresionista, que parecían musas o espíritus femeninos. Un poco pasada las 18:30 comenzó la sesión: Eduardo encendió la chimenea y acomodó a los asistentes. Luego se sentó justo al lado mío y leyó pausadamente un discurso impreso.
El cronograma incluía La misa del compositor de L. Bernstein, confesión, credo y gloria. Nos comentó que el artista había estado en los años 50 sentado en la sala cuando visitó Bolivia. También escucharíamos un concierto de violín y orquesta de Mozart y, finalmente, un concierto de piano y orquesta de Lutosławski.
El evento estuvo muy bien. Me dormí unas breves siestas mientras sucedía, y también me preguntaba: ¿por qué estoy acá? Sentía una sensación extraña. ¿Por qué la vida me trajo, o mejor dicho, elegí estar acá? ¿Qué tengo que aprender? ¿Qué tiene que ver todo esto con mi vida y hacia dónde estoy yendo?
En otro momento sentí una especie de euforia contenida, ganas de reír. Creo que la estimulación audioperceptiva, el fuego, y la situación particular de estar con gente desconocida —sin que nadie hablara durante casi toda la sesión— hicieron de todo aquello una secuencia realmente única, casi underground. Cuando terminó, aplaudimos al hombre afectuosamente, agradeciendo su generosidad.
Volví a mi casa, me cociné y tomé una cerveza negra Inca. El evento significó un poco el día: me sentí mejor. El poder de la música, las formas geométricas imperceptibles de los sonidos atravesando los cuerpos, la coherencia de Dios… la música es el arte más elevado, sin dudas. Yo no escucho música clásica, no me interesa ni me conmueve, pero puedo valorar las experiencias reales, las que tienen trabajo detrás. En otro momento de mi vida hubiera catalogado la experiencia como una tilinguería eurocéntrica, pero ahora respeto mucho a la gente que cree en lo que hace y lo sostiene en el tiempo, con una misión de tipo espiritual.
Esa noche soñé con Andrea y su gata. Conversábamos y le decía: “Mirá Andrea, a mí no me interesan las cosas materiales; lo que sí me interesa es buscar motivos para estar entusiasmado, contento y con energía”. El sueño era de tono alegre. A veces pienso que los sueños son otros espacios de realidad, que no son solo alucinaciones del cerebro, sino dimensiones sutiles de la experiencia. Lo que vivimos en los sueños son realidades superpuestas, posibilidades espacio-temporales que existen más allá de la vigilia, recordándonos que la vida es más amplia de lo que percibimos cuando estamos despiertos.
Pium pium taller, diego artista chileno que esta viendo en la paz fue mi profesor de grabado la mañana del domingo 18/01/26.
 19/01/26 
 Silvia Rivera Cusicanqui – Arandú – Poeta astróloga:
Me levanté por la mañana —bueno, casi a media mañana— como vengo haciendo desde que estoy en Bolivia. El día anterior lo pasé leyendo los materiales del grupo de estudio de Sociología de la Imagen. Vine a este país para estudiar con Silvia Rivera Cusicanqui en el Tambo. Es la segunda vez que formo parte de esta propuesta; la primera fue en 2019, también en un curso de verano.
El Tambo es el espacio donde se desarrolla el seminario. Es un lugar colectivo y autogestionado por el Colectivo Ch’ixi en Sopocachi, La Paz. Funciona como taller y centro cultural: se trabaja en la huerta, en albañilería, en la cocina, y también se hacen clases grupales, debates, reflexiones teóricas y experiencias pedagógicas. Se trabaja con archivos, libros, imágenes y dinámicas experimentales.
Este año, el taller parte del reconocimiento del clima global de locura, violencia y destrucción: guerras, extractivismo ambiental y simbólico, crisis ecológica y económica. La idea es analizar la realidad desde una óptica alternativa y activar, desde lo pequeño, prácticas y afectos que hagan el mundo un poco más habitable. La apuesta es sostenernos entre quienes participamos del curso, en un espacio que intenta mantener viva la utopía concreta de mejorar las cosas.
El colectivo trabaja en un marco que dialoga con tradiciones anarquistas y prácticas anticoloniales: libertad individual, ayuda mutua, autonomía sin jerarquías formales. Todo esto se combina con cosmovisiones andinas para pensar la vida social, política y cultural desde otro lugar.
La primera sesión era el lunes 19/1 a las 13:30. Me confié con el horario: salí 13:15 y el GPS marcaba 23 minutos hasta el Tambo Colectivo, en Av. Jaime Zudáñez, zona Tembladerani. No es tan lejos de donde estoy viviendo, pero el camino es realmente empinado, como subir una montaña fácil pero donde tenés que ir lento y administrar el aire. Aproveché para meditar mientras caminaba: fui contando mis respiraciones, prestando atención a la inhalación, la exhalación y al bombeo del corazón.
Llegué al Tambo 13:38, algo demorado. Tuve una sensación de déjà vu: obviamente ya había estado ahí, pero al entrar sentí como si lo que estaba pasando ya estuviera predeterminado. Saludé a Beatriz Chambilla Mamani —profesora del taller y socióloga—, que estaba cobrando la cuota. Me dijo que pasara, que la clase ya había empezado.
Entré. Mis nuevos compañeros estaban sentados en círculo alrededor de Silvia. Saludé. Silvia me dijo:
—Vos sos Diblasi, ¿cierto?
—Sí —respondí—, me llamo Patricio.
—Te parecés a tu foto. Hay gente que no se parece a su foto. Siéntate, Patricio, estamos presentándonos.
Las presentaciones iban en sentido contrario a las agujas del reloj. Cuando llegó mi turno, Silvia dijo que, como llegué tarde, me presentaría después. Entonces habló el compañero a mi lado, Luiz Silva, un cineasta y docente brasileño.
Noté que las presentaciones no eran de trayectoria académica: casi nadie hablaba de eso. Cada persona decía de dónde venía y describía la idiosincrasia de su bioregión: paisaje, clima, vínculos.
Cuando me tocó, conté que soy de Misiones, Posadas, Argentina: zona de ríos. Dije que en mi provincia conviven colectividades de todo el mundo: japoneses, paraguayos, bolivianos, polacos, chinos, alemanes, italianos, rusos… Una cultura de “colonias” producto de la inmigración del siglo XX. También hablé de los guaraníes, que lamentablemente están en una disputa territorial precaria. Mencioné las reducciones jesuíticas y recordé un comentario que siempre me hacía mi viejo: lo raro que era que, teniendo a Paraguay enfrente, no tuviéramos amigos paraguayos. Hablé de la triple frontera y su cruce cultural.
Luego habló el compañero a mi derecha, un músico boliviano que vive en la zona amazónica. Contó que estaba estudiando la música barroca de los franciscanos. Silvia interrumpió para hacernos notar algo: una posible serendipia. Patricio viene de Misiones, tierra de reducciones jesuitas; y al lado suyo sentado un compañero que está estudiando el barroco mestizo en la música.
La serendipia, nos dijo, es un encuentro casual que nos transforma: es encontrar algo valioso sin buscarlo. Pero, en realidad, las casualidades no existen: son causalidades que nos ayudan a ver algo y transformarnos.
La serendipia fue uno de los conceptos de la primera semana de trabajo. Silvia hace eso todo el tiempo: advierte conexiones inesperadas, ya sea en hechos aparentemente irrelevantes o en la etimología de una palabra.
La clase continuó. Silvia estaba acompañada por Eduardo Schwartzberg —“Shu” o “E-Shu”—, que vivió muchos años en São Paulo; también sociólogo e investigador boliviano.
Después de una pausa, la clase siguió un poco desordenada por temas tecnológicos. Las clases están pautadas de 13:30 a 16:30, pero esta primera se extendió hasta las 19.
La forma de enseñar de Silvia es muy particular: vive en un marco de libertad propio de su edad, su lucidez extrema y su manera de ver el mundo. Empieza con un tema y va abriendo nodos: experiencias de vida, exilios, análisis político, cultural y social del continente, biología, budismo zen, sus hijos, sus nietos. Uno solo puede escuchar con ojos y boca abiertos.
Silvia es una inteligencia libre. Mi sensación es que, de tanto leer, experimentar, sentir y reflexionar, está entrando en un estado de experiencia donde su cuerpo y su alma se integran. Eso le da una confianza serena, un modo casi cómico e impune de fluir y vivir con convicción, aceptando lo que sucede.
Luego nos preguntó en qué andábamos, cuáles eran nuestras luchas. Me miró fijo y entendí que tenía que empezar. Conté que me dedicaba a las artes visuales, la docencia y el diseño. Que mi objetivo en la cátedra era aprender y ejercitar lo comunitario: suelo trabajar solo y veo la potencia de lo colectivo, cómo cambia la energía. También hablé de mi práctica docente: trabajo con chicos de primaria y secundaria en proyectos que incorporan tecnología en las aulas. Comenté algo que me viene preocupando: la adicción a las pantallas y cierto deterioro cognitivo que noto.
Silvia me dijo:
—En tu país existe la expresión “una de cal y una de arena”?
—Sí —le respondí.
—Bueno, todo en la vida es una compensación. Todo lo que hacemos tiene algo positivo y algo nocivo. Está muy bien que te cuestiones tu práctica.
Y agregó una historia: tres personas tenían que cruzar un río ancho. Un derviche —un místico sufí, de esos que hacen danzas giratorias hasta entrar en trance— hizo un esfuerzo tremendo hasta lograr elevar su cuerpo y cruzar. Luego un monje budista, que se concentró hasta levitar y atravesar el agua. Y por último una normal sin ningún atributo, que no sabía ni danzar, ni levitar. ¿Qué hizo? Empezó a bordear el río con paciencia, esquivando piedras enormes y trepando y pateando las piedritas, hasta que logró cruzar.
—Lo que quiero decirles —continuó Silvia— es que cuando uno es joven quiere hacer esfuerzos sobrehumanos, “meterle con todo”. El tema es no levantar tanto la cabeza. Hay que buscar maneras sencillas y lógicas. Ir por debajo del radar. ¿Qué pasa con quienes buscan hacer la revolución chocando de frente? Que, a lo largo de la historia, a esas personas extraordinarias les cortaron la cabeza. Hay que exaltar lo pequeño y debilitar lo fuerte. Es micropolítica: pequeñas acciones. Así uno también se ahorra la frustración. Y otra cosa: tengan cuidado con el deseo. Hoy el mundo no está diseñado para cumplir nuestros deseos; al contrario. Eso genera frustración. Hay que ser selectivo con lo que uno desea.
Silvia tiene un humor ácido y una hipoacusia incipiente que a veces usa para ignorar nuestras imposturas, como un paso de comedia. Al final de la clase nos contó que se está haciendo estudios por un nódulo en la garganta; que no sabe si es un tumor o qué. También dijo que a su edad ya no tiene ganas de hacer cosas, viajar, escribir; que la invitan a todas partes pero ya se le hace difícil. Lo dijo con una honestidad absoluta y conmovedora: que está en la recta final de su vida y lo único que quiere es vivir.
Un momento después abrió su computadora Macintosh leyó la letra de un tema e hizo puso una canción brasileña. Nos arengó y dijo:
—¡Ya! Levántense. Tenemos que bailar. Es muy importante bailar. Muevan el cuerpo. Amo la música brasileña. El único lugar al que iría a esta edad es Brasil, pero por los aeropuertos ya es difícil. Cuando estoy triste escucho música brasileña.
Bailamos un rato y dio por finalizada la clase.
Volví a casa algo extenuado, pero también excitado, como si mi cuerpo y mi alma necesitaran procesar lo que había pasado.
20/01/26
La ciudad es el mensaje: voces de la arquitectura y el territorio en los Andes.El paso de la muerte a la nueva vida. Mi viejo siempre está presen

Milton Colombo Quezada y Roxana nos darán clases los días martes y jueves, de 18:30 a 20:30. El taller consiste en comprender la actualidad de la ciudad de La Paz (antiguamente el valle de Chuquiago), analizando su historia desde la época de la conquista hasta hoy, incluyendo la arquitectura en el territorio andino, además de sus tradiciones y costumbres.
Milton y Roxana, más allá de ser un dueto pedagógico —ya que dan las clases juntos—, son pareja también. Gente realmente muy amable y cariñosa.
Milton nos habló de cómo se fue conformando la ciudad de La Paz. Inicialmente se fundó en Laja, un pequeño pueblo del altiplano ubicado a unos 35 kilómetros al oeste, camino a Tiwanaku. Ahí se hizo la primera fundación, pero a los pocos días, hacia octubre de 1548, la ciudad fue trasladada al valle de Chuquiago Marka (La Paz), donde realmente empezó a crecer hasta convertirse en lo que es hoy. Y aunque la capital constitucional de Bolivia sigue siendo Sucre, La Paz es la sede de gobierno, donde funcionan el Ejecutivo y el Legislativo.También nos explicó cómo se fue configurando la traza urbana hasta la actualidad y cómo siguen vigentes muchas estructuras coloniales: la discriminación, el racismo y la conformación de las clases sociales bolivianas.
También vimos Ajayu, un cortometraje boliviano de 1996 dirigido por Francisco Ormachea que habla sobre el misterio del alma desde la mirada andina. La historia sigue a un hombre y a su hija que, después de la muerte, regresan como espíritus y observan su propio funeral y los ritos funerarios de los Andes. Un viaje hacia Alaxpacha, el “cielo” andino o mundo de los espíritus.Les comenté a Milton, a Roxana y a mis compañeros que la película me hizo pensar en el Bardo Thödol budista, en ese tránsito después de la muerte. Les dije que pienso en eso a menudo desde la muerte de mi padre, en abril de 2025. Me pregunto dónde estará mi viejo, qué habrá sido de su espíritu. Cada tanto sueño con él; pienso, como posibilidad, que tal vez lo veo y converso en otros espacios temporales. El bardo es ese estado intermedio en el que el espíritu todavía no se define del todo, una zona donde las presencias no terminan de irse, donde quizá algo suyo todavía se acerca a mi.
Este tema de la muerte se volvió central en este viaje. En la cultura boliviana la muerte es un fenómeno muy presente, cotidiano; siento que acá las personas tienen una relación más real, menos negada, con lo que significa morir. Y eso quizás explica la intensidad con la que se vive en este país: el presente adquiere un carácter trascendental, y en la vida diaria se percibe la fuerza de la espiritualidad andina.
Antes de irnos, Milton vino a estrecharme la mano. Me miró a los ojos y, muy afectuoso, me dijo: “Lo siento mucho por lo de tu viejo, y te entiendo. A mí también me pasó y sé lo que significa. Mucha fuerza, Patricio”.
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