IMPRIME DESEO_TRIP
DÍA UNO: 09/01/26
DÍA UNO: 09/01/26
Desperté en lo de Andrea a las 5:05 am. Me di una ducha mientras ella seguía durmiendo, me cambié y tomé un café, junté mis provisiones y acaricié a su gato. Miré el celular a las 5:45 am: mensaje de Sergio, el taxista que me llevaría a la terminal de Encarnación. Andrea bajó conmigo, medio dormidos, nos besamos y nos despedimos.
Unas cuadras más adelante me doy cuenta de que me olvidé los refrigerios para lo que serían 7 horas en colectivo de Encarnación a Asunción. Andrea me llama y me dice lo que ya sabía: “ya fue, estamos de camino, gracias bb”.
Pasamos a buscar mis cosas en mi negocio, Imprime Deseo Museo, que nos quedaba de paso rumbo al puente.Cruzamos la frontera muy rápido. Grabé y subí un video del amanecer sobre el río Paraná a las 6:07 am.
En pocos minutos llegamos a la terminal. Otro paisaje, otra idiosincrasia, otro tipo de personas, otros olores y sonidos. Tan cerca de casa, y tan diferente. Mi papá me decía que le parecía extraño que los posadeños no tuviésemos amigos paraguayos.
Compré agua en un negocio; el señor, muy afectuoso y amable, me deseó éxito al contarle que viajaba a Bolivia a estudiar: “¡Se cuida, joven, muchos éxitos!”. Lo tomé como un buen augurio. Compré chipa y esperé el colectivo de la empresa Río Paraguay.
A las 7 am partimos hacia Asunción. La noche anterior sentí síntomas gripales leves: dolor de cabeza, lumbar y cansancio en las piernas. Tomé Cura Plus, que me dio Andrea, y dormí muy bien. La mitad del viaje transcurrió entre siestas intermitentes y despertares; estaba realmente cansado. Todo lo previo al viaje había sido intenso, y los síntomas eran una alerta: debía administrar mi energía y no seguir sobrecargando el cuerpo.
La señora de al lado miraba TikTok a todo volumen. Al principio fingí demencia y, al mismo tiempo, tuve malos pensamientos hacia ella por su falta de consideración. En un momento le pedí: “Señora, ¿podría bajar el volumen o usar audífonos?” Reaccionó rápido y sin mediar palabra más.
La dinámica del viaje fue la misma: cansancio, siestas intermitentes y, cerca del mediodía, ya sin sueño. Más cerca de Asunción, los sonidos de los diferentes reels de TikTok llenaban el colectivo. Pensaba que nadie parecía leer libros pensaba en la situación como un subproducto de la ignorancia de nuestros países latinoamericanos; pero si me juzgaba por eso, quizás era yo quien estaba equivocado: gran parte de estas personas habla dos o tres idiomas el inculto soy yo que apenas hablo uno.
Llegué a Asunción en plena tormenta. Una gran nube gris cubría toda la ciudad; el clima era feo y extraño. En la terminal pedí un Bolt, la app de taxis más usada del país. Al instante llegó Héctor. Copié y pegué la dirección de mi alojamiento de Airbnb. El viaje costaría 28 mil guaraníes.
El primer intento de llegar falló: la dirección estaba mal y el anfitrión no respondía. Finalmente ubicamos el lugar, a 3 km, y Héctor me mostró una casa bastante grande: “Es de Pinino Cuevas, ex jugador de River; también me contó que de argentina le gusta Independiente porque antes jugaba con el Colorado Gamarra”.
Llegamos a Capitán Bado c/Alberto Sabin, Fernando de la Mora. Le pagué la diferencia a Héctor: el viaje terminó costando 38 mil guaraníes. Me respondió: “Tranquilo”.
Saqué la llave de una pequeña caja de seguridad con clave —como la característica de Córdoba, 0351— e ingresé a mi hospedaje. Sencillo, pero con todo lo necesario. Siempre que entro a un hospedaje, al principio no me gusta: olor, falta de higiene… Este estaba limpio, aunque olía extraño.
Me tiré en la cama, extenuado. La lumbar dolía mucho; pensaba de dónde sacaría fuerzas para ir al Museo del Barro y visitar a mi amigo Pablo. Gran parte de la tarde estuve perturbado por esto, aunque dormí unos 40 minutos tras tomarme medio Cura Plus. Al levantarme, la lumbar y las piernas dolían menos.
Fui a un supermercado “Guaraní”: compré frutas, jamón, queso, pan, aceitunas, jabón de coco y dos aguas de 2 litros. Pagué 74 mil guaraníes.
Tomé mate, que necesitaba. Revisé mis síntomas con ChatGPT, que confirmó mis sensaciones: sobrecarga física real por el viaje, escaleras, cargas de peso, cansancio acumulado. El estado gripal ya no estaba: era agotamiento muscular y nervioso.
Decidí no ir a ver a mi amigo hoy. Le escribí a Pablo explicándole que estaba extenuado y que nos veríamos cuando regresara por Asunción el 10 de febrero.
Hice una meditación de 30 minutos tipo Shamatha, intentando enfocarme solo en la respiración. No logré concentrarme del todo, pero cumplí el tiempo y me sentí más tranquilo. Tomé unos mates más, me bañé con el jabón de coco y me relajé.
A las 20:30 hice otra sesión de meditación, combinando Shamatha y algo de Vipassana: en la primera me concentro en la respiración; en la segunda, reflexiono intuitivamente sobre la naturaleza última de la realidad.
Ordené mi bolso para mañana: a las 10 am debo dejar el hospedaje y me voy directo al aeropuerto. Preparé unos sándwiches y frutas, lavadas previamente con detergente.
Hoy me sentí extraño, pero presente. Cada pensamiento oscuro lo observaba pasar, recordándome: “Esto va a pasar, yo no soy esto, todo cambia en la vida, ya me voy a sentir mejor”. Estoy abierto a lo que pueda suceder. Mañana me espera un día de volar sobre el cielo y aterrizar en El Alto.
DÍA DOS: 10/01/26
ASUNCIÓN / SANTA CRUZ / LA PAZ, BOLIVIA
ASUNCIÓN / SANTA CRUZ / LA PAZ, BOLIVIA
Me despierto muy temprano. Los síntomas “gripales” o de estrés desaparecieron casi por completo. Mi cuerpo necesitaba recuperarse. A la madrugada tuve unos sueños fuertes.
Soñé con mi viejo. Mi papá murió en abril del año 2025. Nos encontrábamos en un departamento en alguna ciudad. El lugar era nuevo. Yo estaba cocinando una pizza y una pasta frola. Él aparece y me dice que iba a ir al centro a comprarme no sé qué. Yo lo abrazo fuerte. A él siempre le costó demostrar afecto, se ponía incómodo, como un gato arisco. En el sueño tendía a hacer lo mismo, yo lo agarraba fuerte. Él también me abrazó. Nos emocionamos. Sentía el calor de su cuerpo, su corazón y su olor, que jamás olvidaré.
Desperté de madrugada llorando. Un desahogo importante. Es como que el cuerpo se autorregula. Yo no me doy cuenta en la vigilia de cuánto lo extraño, pero el proceso sigue su curso en lo inconsciente. Pensaba en esto. Menos mal que casi todos nuestros procesos son autónomos: por ejemplo, nos lastimamos y el cuerpo solo hace el trabajo de reestructurarse. Sería una tarea descomunal para cada conciencia ocuparse de su propia neguentropía.
También soñé con un amigo. Observábamos a un chamán guaraní haciendo, en la palma de su mano, un pequeño fuego que alimentaba delicadamente con su aliento. Algo muy sutil, que transmitía calma y belleza. Nos reíamos con mi amigo al darnos cuenta de lo toscos que éramos nosotros dos en comparación con ese gesto del sabio.
Me desperté e hice una meditación de media hora. Me daba cuenta de que todos los dolores eran producto del estrés previo del viaje, y también de que me dan miedo los aviones. Procedí a meditar para amansar el río de mi conciencia y viajar enfocado y equilibrado. Mi intención era observar el miedo, respirar el néctar infinito del espacio vacío que contiene y genera todas las formas, y exhalar el temor, la cobardía y los pensamientos negativos.
Pensaba: trabajé tanto para este viaje, está todo bien, y sin embargo aparece esta preocupación absurda que ensombrece mi espíritu. No quiero que se vaya: elijo estar lleno de valor, alegría y presencia.
Me bañé, tomé unos mates, comí unas frutas y terminé de preparar mis valijas. Le escribí a mi anfitrión de Airbnb para preguntarle si me podía quedar una hora más, hasta las 11 am, ya que mi vuelo salía a las 15 hs. Me dijo que sí, así que usé ese tiempo para hacer otra meditación y seguir aclarando la mente.
Llegó la hora de salir. Pido un Bolt, que es como el Uber en Paraguay, o sea, la app más usada. Al salir me encuentro con los padres de Iván, el anfitrión: una pareja de ancianos muy amables, atentos y amorosos, también parte del negocio familiar de los departamentos Santa Teresita II, en Capitán Bado, cerca de Asunción. Me despedí de ellos interpretando ese breve encuentro como un buen augurio de la realidad.
Me voy en taxi. El cielo se caía: paredes de agua, gris absoluto. Un sentimiento neutro. No sentía ni miedo ni alegría. Simplemente iba en el asiento de atrás hacia el aeropuerto.
A las 15:45 sale el vuelo a Santa Cruz. Empieza a aclararse el cielo. Fue un vuelo tranquilo, pude leer. Leí todo el viaje un libro de Martín Rejtman que me regaló Andrea: Cuarto sucio, ubicación peligrosa. Un libro que habla de sus estadías en hoteles alrededor del mundo, en un tono ácido, un poco cínico y apático. No sucede gran cosa, y creo que eso es lo valioso de su trabajo, tanto en cine como en literatura: hace de lo naíf algo casi interesante. Es como el camino del medio budista, algo muy parecido a la imparcialidad, que no genera ni simpatía ni apatía.
Pensaba: hay gente que vuela 24 horas arriba de un avión y yo me quedo como un gato tieso por 2 horas y 40 minutos de viaje. En fin, el despegue del avión es algo muy particular. Los rostros de las personas siempre me impresionan: una concentración absoluta en que algo importante y surreal está pasando. Estamos moviéndonos a velocidades supersónicas en un bicho de miles de kilos sobre el cielo, sobre el espacio vacío, y si algo sale mal no la contamos.
A eso de las 20:30 estoy en La Paz. Todo bien. El vuelo de Santa Cruz a El Alto fue más intenso todavía, pero más breve. Se ve que el comandante apuró la turbina, así que el aterrizaje fue más duro. Pero bueno, fue un vuelo tranquilo dentro de todo.
Llego a la ciudad y pido un InDrive, que es la app de taxis que se usa acá. Llega Julián, en un Corsa destartalado color verde, que olía a destilado de petróleo, muy diferente al olor de la nafta en Argentina. Muy amable Julián. Fuimos hablando de la ciudad. Me dijo que cambió mucho desde 2019 hasta acá, que ahora hay problemas con el nuevo presidente, Rodrigo Paz Pereira. Los problemas de siempre: la entrega de los recursos naturales por decreto a corporaciones. La gente está en contra y estuvo cortando las calles de la ciudad. Según él, la cosa iba a empeorar.
Pasamos por la zona de El Alto: vida, luces, oscuridades, borrachos, prostitutas, casas de deportes, ferias, todo junto, a eso de las 21 hs. Es increíble esta ciudad. Bajando de El Alto, una vista imponente de La Paz: las luces doradas derramadas por toda la geografía nocturna imponente y misteriosa.
Llegamos a Sopocachi, calle Ecuador y Rosendo Gutiérrez. Barrio coqueto onda Palermo en Buenos Aires. Piso 16, buena vista. Deje mis cosas y baje rápido a buscar un lugar para comer no encontre nada, termine comprando comida chatarra, pepsi y agua. Me bañé y cené. La comida, la altura y el soroche me subieron la presión y me dolían la cabeza y los ojos. No descansé bien. Usaré el domingo para adaptarme a los 4.000 y pico de metros sobre el nivel del mar.
DÍA 4: 12/01/26
MANIFESTACIÓN / CAMBIO DE DIVISAS Y LLUVIA EN LA PLAZA DEL ESTUDIANTE:
MANIFESTACIÓN / CAMBIO DE DIVISAS Y LLUVIA EN LA PLAZA DEL ESTUDIANTE:
Me levanté más tranquilo, de mejor semblante. Igual estuve algo débil. No me gustaba mi rostro: apagado, desencajado. Será la altura, la suma de emociones y sensaciones nuevas. La noche anterior caminaba solo por Sopocachi buscando algo para comer. Estoy aprovechando la gran variedad de granos y alimentos que hay en Bolivia para experimentar otra forma de alimentación. Desde que estoy acá no comí nada de carne. Lo cierto es que al tocarme el cuerpo me siento más delgado.
Estos días me sentía viejo. Me miré excesivamente en el espejo. Me molesta estar tan pendiente de mi apariencia. Me cuesta aceptar que estoy envejeciendo. El mundo de hoy está diseñado solamente para ser joven. Ser viejo —o mejor dicho, envejecer— en estos días es algo muy jodido. No por el hecho en sí, sino por la relación que tenemos con ese hecho, del mismo modo que con los objetos y nuestro apego a ellos.
En fin, por todos los medios investigo, imagino, idealizo formas de envejecer y a la vez ser una persona plena y feliz. Pero todavía no encuentro la manera. Veo pocos ejemplos, o casi ninguno, de personas ancianas realmente plenas. El narcisismo es una porquería: mirarse todo el tiempo el ombligo y el rostro es una cagada. Me gustaría ser más seguro de mi apariencia y de mí mismo. No estar tan pendiente. Enfocar mejor la energía, como corresponde, sin obsesionarse.
Hoy me levanté, medité casi una hora, tomé un mate, tuve una videollamada, desayuné fuerte y salí en búsqueda de casas de cambio o cambistas. Precisaba cambiar dólares a pesos bolivianos. Le pregunté a ChatGPT, pero me daba información imprecisa: un dólar a 7,60 / 8 pesos bolivianos. No me estaba asistiendo bien, necesitaba un mejor cambio.
Bajé a la recepción del edificio donde estoy parando y hablé con el encargado. Me dijo que no cambie en bancos, que vaya a la Plaza del Estudiante, que ahí estaban los cambistas y era seguro. Fui caminando, queda cerca de donde estoy. Pregunté en una casa Kodak que también cambiaba dinero y me daban 9,50 por dólar. Sonreí por dentro. Igual no cambié. Seguí preguntando y en otro lugar me daban 9,90. Pensé: si en estas casas cambian así, los cambistas de la plaza deben dar mejor todavía.
Seguí caminando. Se largó a llover y la avenida Arumalla estaba cortada por una manifestación. El pasado 10 de enero, sindicalistas bolivianos mantenían bloqueos en más de 50 puntos de las rutas del país, luego de que la Central Obrera Boliviana (COB) rompiera el diálogo con el gobierno de Rodrigo Paz. Las protestas contra la eliminación del subsidio a los combustibles amenazaban con convertirse en una “revolución nacional” si el gobierno no daba marcha atrás.
En la calle, pequeños grupos de personas hablando de política, unidos, exigiendo derechos. Eso me causó una impresión muy favorable respecto a la conciencia política de algunos ciudadanos de este país.
Gente trabajando, comerciando en la calle. Sonidos, gritos, voces, música, cohetes, automóviles. Un caos organizado. Un país muy singular y diverso, lleno de cultura por todos lados. Me impresiona.
Desde que estoy acá pienso bastante en el concepto de ser una persona culta. Qué significa realmente. En Paraguay también me lo cuestionaba. A veces siento que tengo una imagen sobrevalorada de mí mismo y de lo que sé. Quizás porque leí cosas. Pero una cosa es saber algo por haberlo leído en un libro, cómodo en casa, y otra muy distinta es la realidad de las personas que trabajan, que viven y experimentan la vida de manera directa, no a través de una representación como un libro, un video o algo así.
Me siento algo snob al hablar con personas bolivianas o paraguayas. Sin romantizar nada, lo que intento decir es que mucha de esta gente es culta en el sentido de conocer su propia historia, su tradición, y de vivir intensamente el presente. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero compararme con ellos me sirve para cuestionar la distorsión que yo mismo hago de la realidad.
Desde que estoy acá me pregunto: ¿qué vine a hacer tan lejos?, ¿por qué no me quedé en mi casa? Como decía Lao Tsé: “¿Ves esa aldea allá a lo lejos? No vayas: es igual a esta”. En fin, creo que necesitaba alejarme de mi casa, de mis seres amados, soltarlos, exponerme a estar por momentos completamente solo. También siento que vine a procesar la muerte de mi padre. Aprovechar este tiempo para seguir indagando en quién y qué soy. Conocerme más. Y espero también trascender mi propio yo: dejar de estar tan ensimismado en mi vida y reflexionar sobre la tarea que vine a hacer en esta realidad y cómo puedo ayudar a los demás.
DÍA 5: 13/01/26
MERCADO DE BRUJAS / ENCUENTRO CON UN YATIRI (20 BOLIVIANOS)
MERCADO DE BRUJAS / ENCUENTRO CON UN YATIRI (20 BOLIVIANOS)
Me levanté un poco antes de las 9 am. Estoy descansando bastante bien. Cuando me agarra culpa por dormir más de lo usual, me digo a mí mismo: no solo viniste a estudiar a La Paz, también viniste a descansar después de tantos años de autoexplotación. Ahora tranquilo, Patricio, nadie te corre. Lo digo un poco en chiste, pero es verdad: durante mucho tiempo fui demasiado exigente conmigo mismo, incluso cruel.
La noche anterior sacié mi antojo de pastas. Encontré un pequeño restaurante italiano. Desde que llegué tengo ganas de comer comida italiana. En el supermercado no encuentro ravioles, solo fideos. Los ravioles que pedí eran de verduras, con salsa de hongos y pesto. No estaban mal. Lo único malo es que hoy me levanté bastante descompuesto. Supongo que mi cuerpo se está acostumbrando tanto a la comida como al agua. Aunque no tomo agua de la canilla, lavo verduras, compro pan y otros alimentos que vienen con microorganismos que, para mi cuerpo, al ser de otro país, son extraños.
Medité casi una hora seguida. Mi práctica también está más relajada. A veces solo observo el flujo de mis pensamientos, que por lo general están relacionados con la rutina del día, y los dejo ser: que se desarrollen, crezcan y desaparezcan, como todo en este universo mental.
Por la tarde fui a visitar el turístico Mercado de las Brujas, ubicado a unos 30 minutos caminando desde donde estoy. Ayer me sentía extraño. No estaba contento, tampoco triste. Últimamente estoy en un estado de neutralidad. Es como si fuera un espectador de mí mismo: de mis sentimientos y de mis actos.
Nunca estuve tan lejos ni tan solo. Mientras caminaba no sentía nostalgia ni la necesidad de estar acompañado. No estoy desesperado ni sediento de experiencias. Estos últimos meses fueron de mucho aprendizaje. Crecí bastante. Aprendí a separarme de mis emociones. Aunque siguen ocurriendo dentro de mí, muchas de las cosas que antes me sumergían anímicamente ahora las veo de manera impersonal. Como diciendo: “yo no soy esto”. Este sentimiento —sea bueno o malo— sucede en un momento determinado y luego cambia.
Caminé por el Mercado de las Brujas de La Paz, que recibe su nombre por la fuerte presencia de la tradición andina y la medicina ritual. En los puestos se puede encontrar hierbas, amuletos, alasitas, fetos de llama secos y otros insumos que usan los yatiris/sabios y guías espirituales aymaras para realizar trabajos y limpias energéticas.
Mientras caminaba pensaba que cada vez está más turístico y va a ser peor. Todo me parecía medio trucho, como hecho en China: cero artesanal, todo en serie. No vi nada que realmente me conmoviera, salvo algunos adornos de plata, más despojados, que contrastaban con la saturación y el exceso visual de los puestos.
Veía también a los jóvenes extranjeros y pensaba en cuando yo tenía esa edad y andaba de mochilero buscando “experiencias reales”, siendo bastante iluso, creyendo que estaba involucrado en algo profundo cuando en realidad no lo estaba. No me dió nostalgia. Pensé: qué vacío que es todo esto. No me parecía divertido. Todo me resulta insustancial. Estos chicos no van a encontrar nada, salvo una buena resaca al día siguiente.
Seguí caminando hasta llegar a la Iglesia de San Francisco, uno de los íconos coloniales de la ciudad. Su construcción comenzó en el siglo XVI y se terminó en el XVIII. Combina estilos barroco mestizo, fusión de tradiciones españolas y aymaras. La fachada es extremadamente ornamentada; en el interior altares dorados, la iglesia es lúgubre e imponente, claramente diseñado para imponer miedo a sus visitantes. No se pueden sacar fotos adentro: hay policías y carteles que lo prohíben.
Salí de la iglesia y continué mi paseo. Me encontré con un yatiri que estaba debajo de una especie de carpa. Hablé con él. Me cobraba 20 bolivianos por leerme las hojas de coca. Dudé. Pensé: esto también debe ser una truchada. Este hombre se está ganando la vida acá, probablemente tampoco le guste estar sentado observando el voyeurismo y la lujuria de los turistas.
Ya fue. Me senté con él y le di los 20 bolivianos. Los colocó debajo de una pequeña estatua de Cristo. Sacó cuatro hojas de coca. La primera era para la suerte, la segunda para la salud, la tercera para el trabajo y la cuarta para el amor. Me preguntó qué era lo que más me interesaba. El amor, le dije, porque sin eso no funciona el resto. Sonrió y respondió: primero la suerte, después la salud, luego el trabajo. Si todo eso está bien, hay amor; si no, no funciona.
Comenzó el ritual. Iba tirando hojas y observando cómo caían sobre las cuatro que había dispuesto. Me dijo: tu suerte está bien. Tu salud está bien, estás un poco estresado nada más. El trabajo va a ir bien, va a haber plata este año. Lo que no va a ir bien es el amor. Estabas con alguien y te separaste. Ahora vas a estar con otra persona y también te vas a separar.
Que bajón! Le dije, riéndome incrédulo, que ahora estaba con alguien y que no me quería separar porque estaba bien. Igual te vas a separar, me respondió, porque no tenés suerte en el amor. Eso te estresa. Para vos es mejor estar solo y, a veces, estar con alguien. Así no te estresás.
Le agradecí. Lo miré a los ojos, le di la mano y me fui caminando de regreso a mi departamento.
Más tarde leí esto sobre el ritual: la lectura de la coca proviene de antiguas culturas andinas, como los tiwanakotas y los incas, que ya utilizaban la hoja de coca para conectarse con la Pachamama y los espíritus. Hoy, el yatiri interpreta las hojas sobre un paño para dar consejos sobre salud, trabajo o decisiones importantes.
En la tradición andina se cree que algunos futuros yatiris reciben un llamado especial de los espíritus. A veces este llamado se manifiesta de forma extrema, como sobrevivir a la caída de un rayo, lo que se interpreta como una elección divina. A partir de ahí, la persona inicia su camino espiritual, aprendiendo rituales y conectándose con la Pachamama y los ancestros hasta convertirse en yatiri.